Capítulo 1: Yo, yo misma y mis circunstancias


Cuando tenía 8 años pensaba que con 14 me darían mi primer beso. Con 12, a fuerza de ver películas de sobremesa y clásicos tipo Dirty Dancing, donde una jovencísima Baby era estrenada por el potente Patrick a eso de los 18 años, pensaba que mi primera vez también rondaría esa edad. Con 14, imaginaba que conocería a mi novio (el de casarse) en la universidad y que, tras unos cinco o seis años de relación, nos casaríamos en una Iglesia medieval y traeríamos retoños a este mundo maravilloso. Con 27 (ni uno más ni uno menos). Un niño y una niña. Hugo y Alejandra. Creía que sería profesora o pediatra. Que viviría(mos) en una urbanización con zonas y verdes y piscina. Que conservaría a todas mis amigas del colegio, que siempre tendría claro mi camino y un sinfín de etcéteras basados en cuentos y en historias de otra época. Pero claro… de lo que crees a los 8 a lo que la vida te depara suele haber cierta distancia (por no decir un abismo).

niña pensando en el futuro

Veintisiete años después de ese momento de lucidez tan inocente y equivocado, aquí me encuentro, de cara a este blog que hoy comienzo sin saber bien ni cómo narices manejarlo. Lo único que sé de los blogs es que sirven para expresarse, informar, compartir… presumir y lucir modelito (y en el mejor de los casos, conseguir alguna que otra cosa por tu cara bonita, que no viene mal, vaya).

Pero este espacio, este rincón en medio de la blogosfera, no es eso. Esto es más algo como mi diario, sí; llamémoslo así. Así que cuidado con eso de colarse en exceso en mi mente. Yo ya estoy acostumbrada a mis chorradas, mis pájaros mentales y locuras varias, pero claro… ¿quién sabe lo que puede llegar a pensar quien entre aquí por casualidad?

A todo esto: no me he presentado. Me llamo Vera. Tengo 35 años y mi vida es un caos. Pero no en plan como cuando alguien dice “¡oh vaya!, qué caos de vida llevo” y sabes que en realidad no es para tanto. Esto es más como: vale, no me queda ninguna prenda de ropa limpia, ni leche en la nevera, ni tiempo para contestar whatsapps (ya ni hablemos de e-mails), mi madre cree que me quedaré para vestir santos y jamás le daré nietos y mi agenda está tan llena de cosas que hacer que no sé ni por dónde empezar. Y lo que más me revienta: no veo todo el tiempo que quisiera a mis amigas. ¿Dónde quedan esas noches de vinos en las que todas estábamos solteras y nuestra única preocupación eran los exámenes, las fiestas, los viajes en tren y marujear sobre citas propias y ajenas?

mujer liberada disfrutando de un vino

Y aunque estoy contenta con mi puesto de trabajo (soy directora creativa de una empresa textil cuyo nombre no diré porque tendría que exigir un aumento de sueldo por la publicidad), reconozco que, algunos días, me bajaría de la vida, como diría ‘@lavecinarubia’. Mi reino por un Erasmus de nuevo. Mi piso en el centro por vivir de nuevo en casa y no pensar en quién me cuidará si tengo fiebre (¡cómo nos quejamos a los veinte de los padres y cómo los añoramos cuando vemos de cerca los 40!).

Cambio mi dieta a base de lechuga y quinoa (que ni me gusta ni nada, pero en algún momento tenía que empezar a cuidarme), cambio mis tuppers de colores y mi tacón fino (santo Dios, ¡cómo lo odio!) por un Big Mac de vez en cuando y mis Converse roñosas de los conciertos. Porque hasta con 35 años, una tiene que reencontrarse con su ‘yo’ del pasado, con la niña y con la adolescente insoportable, y con esa veinteañera que cree que se puede comer el mundo a cada paso que da y que muchas veces… pues es a la inversa.

capítulo 1 del blog de una mujer liberada

Y aquí, entre estas líneas, sé que se quedará un pedacito de todas esas versiones de mí misma. La histérica, la cuerda, la soñadora, la LOSER en el amor, la de las rarezas, la de las situaciones patéticas, y tal.

Supongo que este borrador marcará un antes y un después tras ser publicado. Dejaré de ser la de siempre para pasar a ser Vera, la del diario de una mujer liberada. Supongo que el propio título ya explica de qué trata todo esto. El motivo, la verdadera razón de peso que me ha llevado a tomar esta decisión es justo eso: liberarme.

Alejarme a ratos del mundo, de las obligaciones y de mi sonrisa forzada de cara a la galería. Cortar cadenas, quejarme en alto, contar mis historias, mis luchas con el armario y la cera caliente. Mis pantallazos con amigas, los pesados que me animan a ir a #FirstDates (sí, esos emparejados insoportables que creen que si estás soltera eres un ser repudiado y repudiable), mis risas con Tinder (sí, hay vida más allá de los 20 en Tinder), los tíos raritos en general, mi lucha con el rizador de pestañas y con el pintalabios en los dientes y otros temas trascendentales. Todo eso y mucho más, seguramente. Porque todo lo que cabe en la cabeza de una mujer (y ojo, que no es precisamente poco) aquí quedará.

Bienvenidos y gracias por leer.

Con cariño,

Vera.