Crisis Post-vacacional. ¿Crisis? ¿Qué crisis?

Estamos tan acostumbrados a escuchar el término crisis que desvirtuamos su significado. Es como cuando repites muchas veces seguidas una palabra y llega a perder el sentido inicial. Crisis económicas, crisis domésticas, crisis matrimoniales, crisis de los cuarenta, crisis nerviosas, crisis globales…

Sí, la palabra está de moda y conlleva una connotación negativa que realmente no se encuentra en su significado. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la definición de crisis es cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que éstos son apreciados. Para los chinos, el grafismo de la palabra crisis es el mismo que el del término oportunidad.  Uniendo las dos definiciones, podemos decir que todo cambio lleva inherente una nueva oportunidad de empezar y mejorar las cosas que no nos gustaban antes.

Seguro que, estando en las fechas en las que nos encontramos, ya habrás leído o visto alguna noticia relacionada con la crisis post-vacacional. Los cambios en esta época del año son más que evidentes; dependiendo de cómo los gestionemos podremos convertirlos en nuevas oportunidades que te aporten más felicidad en tu vida. Te damos una lista de consejos para conseguirlo:

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¿Cómo sobrevivir a unas vacaciones en pareja?

Seguro que alguna vez habrás visto estadísticas sobre el aumento de divorcios durante las vacaciones. Y no es de extrañar; estamos tan acostumbrad@s al ritmo frenético del día a día que apenas tenemos tiempo ni para discutir con nuestra pareja.

Aparentemente todo va bien; hasta que llega el verano, con su tiempo libre casi ilimitado, sus expectativas sobrevaloradas y su calor… y es normal que, antes o después, llegue el mal humor. ¿O no?

Todo empieza con armonía e ilusión: Cari, ¿has cogido la crema? ¿Y si mañana nos vamos a comer a la playa? Duérmete un ratito más la siesta, que yo recojo la cocina… Pero, ¡ay! al cabo de unos días, esas frases bucólicas se transforman en un ¡Ya estoy cansada de recordarte que cojas la crema! En un ¡Otro día más comiendo arena en la playa no, por Dios!! O en un ¡eso, tu durmiendo la siesta mientras yo no paro ni un minuto para descansar!!

¡Cómo cambia la situación conforme las vacaciones van avanzando! Y si hay niños de por medio, todo se complica más si cabe. Buscas tiempo para ti y no lo encuentras. Pañales por aquí, biberones por allá, juguetes por todos los lados… ¿esto son vacaciones o el escenario de una serie post-apocalíptica?

Pues sí, contra todo pronóstico se puede disfrutar del descanso estival si eres realista con tus expectativas, y te lo planteas tus vacaciones en pareja con organización y anticipando soluciones a los problemas que se puedan plantear.

Te ayudamos a conseguirlo ofreciéndote unos consejos para disfrutar de un verano en pareja inolvidable.

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10 frases que nunca deberías decir a tu pareja

Cuando vives en pareja, está claro que, en ocasiones, pueden surgir discusiones. ¡Ojalá pudierais vivir siempre como cuando empezasteis! Ella sin duda era la más guapa, la más comprensiva, la más profesional y lista. Él, el más atento, el más fuerte, el más romántico e inteligente.

Pero, inevitablemente el tiempo y la rutina de la convivencia te quitan la venda de tus ojos y empiezas a ver también los temibles defectos que todos tenemos. No es que lo quieras menos, sino que la relación está en otra fase, menos emocional y más madura.

Nadie es perfecto. Es hasta sano que surjan desavenencias en el día a día con nuestra pareja, tal y como defienden muchos psicólogos. Porque es precisamente en esos momentos cuando mejor podemos conocer a la persona con la que vivimos, ya que bajamos la guardia a los convencionalismos y mostramos nuestro lado más honesto.

Los psicólogos nos dan unas pautas para afrontar este tipo de situaciones: respetar el turno de palabra, esforzarnos por ponernos en los zapatos del otro, no levantar la voz, evitar palabras malsonantes, contar hasta diez antes de emitir un juicio irreflexivo, poner ejemplos de tus puntos de vista y recurrir al sentido del humor para enfriar el enfrentamiento.

Sin embargo, cuando vuelves a casa después de un duro día de trabajo y le ves sentado en el sofá, whatsappeando con el móvil mientras la cocina está hecha un desastre, le pondrías de “patitas en la calle”. Es fácil que digamos algo inconveniente en esos momentos álgidos de irritación máxima. Pero, cuidado, es imprescindible tener autocontrol y evitar ciertas frases que pulsarían la tecla de autodestrucción de vuestra relación.

Ahí van 10 de ellas que hemos clasificado en tres grandes grupos:

EVITA MOSTRARTE PREPOTENTE

  • “Déjame que te diga cómo se hace…”:

Craso error; nadie está en posesión de la verdad absoluta. Además, esta frase, dependiendo del tono con que sea dicha, puede transmitir una posición de superioridad que puede resultar ofensiva a la persona que la escucha. Es mucho mejor “sugerir cómo lo harías tú, por si te puede ayudar”, ¿verdad?

  • “Nunca haces nada bien”

Las frases que empiezan por un ‘siempre’ o ‘nunca’ (del tipo “siempre llegas tarde” o “nunca recoges tus cosas”) reflejan falta de confianza en tu pareja, o incluso de esperanza de que tu cónyuge aún tenga el deseo de mejorar. Generalizar nunca es buena idea.

Al hacer acusaciones tajantes lo único que conseguimos es que la otra persona se ponga a la defensiva y pase totalmente de escuchar lo que queríamos decirle. Es mucho más eficaz si sustituimos el “nunca me dices que estoy guapa” por “me gustaría que de vez en cuando te fijases en que me he arreglado”. Aunque tengas que repetirlo más veces de las que te gustaría.

  • “Te lo dije”

¡Pocas frases hay más insoportables que ésta! Controla tus alardes de sabiduría máxima y procura no acusar a tu pareja de haber fracasado en algo, aunque le hubieses sugerido previamente que podía no salirle bien.

Si ya te molestaba que tus padres te echaran en cara aquel devastador ‘te lo advertí’ cada vez que metías la pata, ¿qué te hace pensar que a tu pareja le haría gracia cuando la utilices contra ella? A nadie le gusta que nos traten como tontos. Sobre todo cuando es evidente que hemos metido la pata. Trata de empatizar y evita pisotear el dolorido orgullo de la otra persona si no quieres alentar al temporal…

  • “¿Pero cómo se te ocurre hacer…?”:

A veces no damos crédito a alguna de las locuras que nos pueden pasar por la mente. Pero los ataques personales del tipo “¿pero cómo has sido tan estúpido?” o “¿a quién se le ocurre hacer algo así?” frente a un comportamiento poco reflexivo o habitual en nuestra pareja, solo pueden conducir a descalificaciones y discusiones sin sentido que harán que, aún por encima de haberla liado parda, tu pareja se sienta un fracaso total.

Recuerda que “tu objetivo debe ser apoyar a tu pareja y animarla durante los tiempos difíciles, no hacerle sentirse mal”, como comenta la terapeuta matrimonial Becky Whetstone.

  • “¡Estás exagerando!”

O peor aún, el terrible ‘haz el favor de calmarte’. Mala idea. Reprimir los sentimientos de tu pareja o hacerla pasar por histérica, aunque desde tu punto de vista haya podido perder el norte, tan sólo hará que se cierre en banda y adopte una postura defensiva. Recuerda que no se puede apagar un incendio con más fuego…

 

LAS ODIOSAS COMPARACIONES

  • “Mi ex lo hacía mejor” o “¿por qué no puedes ser como…?”

Nunca, jamás, de ningún modo, compares a tu pareja con tus ex; ni siquiera en broma. ¡Y mucho menos para decirle que es peor en algo que ell@s! Puedes tener la certeza de que conseguirás el efecto contrario al que esperabas. Pensar en una persona con la que estuviste en el pasado puede ser de por sí hiriente para tu actual pareja, salvo que la comparación sea a su favor. Piensa en cómo te sentirías si fuera tu pareja quien te comparara (a peor) con su ex. Mal, ¿verdad?

Otro tanto sucede cuando le/la comparamos con otras personas, sean amigos, cuñados o el cónyuge de otra pareja. Piensa que si vives con tu pareja, es porque te gusta tal y como es. Por tanto, no es justo que ahora vengas pidiéndole que se comporte como otra persona. Recuerda que a todos se nos ve perfecto desde la distancia; incluyéndote a ti. Como reza un proverbio irlandés, “siempre se ve más verde el césped del vecino”.

  • “Eres igual que tu padre/madre”.

Dicen que todas las comparaciones son odiosas. Pero ésta, además, puede ser sangrante. ¡A los progenitores ajenos no se les menta jamás! Porque, con toda seguridad, esa comparación no la haces pensando en las virtudes de su familia, sino en sus defectos. De modo que, no solo le estarás ofendiendo, sino que estarás haciendo extensible la ofensa hacia su familia. Puedes contar con que tu pareja pasará automáticamente a la defensiva.

Si tu media naranja actúa como sus padres, es porque éstos le educaron así de pequeño. De modo que, con esta frase, habrás herido a dos personas a la vez. Además, si ya tenías un mal sentimiento hacia tu suegra, por ejemplo, esto solo contribuirá a empeorar la situación. Y si os lleváis bien y tu crisis se soluciona, ¿qué pasará la próxima vez que os encontréis cara a cara si llega a enterarse de lo que has dicho de ella?

pareja

DRAMA TOTAL

  • Si realmente me quisieras…” o el clásico “Ya no me quieres”

Con el drama de discutir ya tienes suficiente. No le digas a tu pareja lo que siente; ya es mayorcito/a para saber lo que piensa. Concéntrate sólo en lo que sientes tú. Hacerse la víctima y salirse por la tangente no resuelve nada.

Esta frase esconde un chantaje en toda regla. No obligues a que tu pareja se sienta presionada a hacer/decir algo que no quiera solo para demostrar su amor por ti. Aunque te pudiera funcionar a corto plazo, está demostrado que a la larga este tipo de manipulación termina por convertirse en resentimiento. En lugar de manipular a tu pareja, se transparente y dile lo que realmente deseas de él o ella. De este modo, estarás afrontando el problema de forma directa y madura y aumentarán las probabilidades de que lo haga por amor, y no porque se sienta un rehén emocional.

  • “Todo esto es culpa tuya”

Rotundamente falso. Muy rara vez lo que va mal en una relación es culpa de una sola persona. A veces nos mostramos intolerantes. O demasiado exigentes. O simplemente tenemos diferentes expectativas ante una situación que nos llevan a acusar a nuestra pareja de no haber satisfecho lo que esperábamos de ella. Pero, sinceramente ¿puedes afirmar con total seguridad que tú no tienes nada de culpa en vuestra discusión? ¿Ni siquiera un poco?

  • “Perdona, ¿qué me decías?”

El viejo truco de fingir que escuchas, cuando no te estás enterando de nada, puede servir con tu jefe, tu madre cuando se pone pesada o con esa amiga que nunca se cansa de hablar, pero con tu pareja te la puedes jugar.

Si estás demasiado ocupado en tus propios pensamientos como para poder escuchar a la otra persona, le darás a entender que no te interesa demasiado lo que dice. A la larga, acabará por sentir lo mismo hacia ti y dejará de escucharte. Y de perder el tiempo contándote cosas que sabe que no vas a escuchar.

 

De modo que, ya sabes, discutir es bueno; nos permite contrastar puntos de vista, afrontar discrepancias, aprender a respetarnos y conocernos mejor. Pero siempre y cuando la discusión se mantenga dentro de unos límites de diálogo y respeto mutuo, por supuesto. Evitando estas frases tendrás mucho ganado para conseguir que así sea.

Cumple tus propósitos para el año nuevo (esta vez sí)

Arranca 2016 y, como suele suceder en estas fechas, te planteas desafíos y objetivos personales que esperas cumplir durante el año que empieza. Con la reserva de energía a tope tras las fiestas navideñas y un sinfín de perspectivas esperanzadoras puestas en el nuevo año, imaginas una lista de buenos propósitos para el año nuevo que esperas convertir en realidad a lo largo de los próximos doce meses.

Sin embargo, la realidad es que la mayoría de los buenos propósitos que nos marcamos a principio de año terminan perdiendo fuelle con el paso del tiempo hasta caer en el olvido.

De hecho, nuestras buenas intenciones suelen durar relativamente poco. Pero no te sientas culpable por ello; según los psicólogos, esto es algo perfectamente comprensible. Al fin y al cabo, cambiar de hábitos no es nada fácil y aunque sabemos que éstos nos ayudarían a mejorar nuestra calidad de vida, nos es complicado mantenerlos cuando recuperamos la rutina del día a día. De hecho, existen algunas razones psicológicas que nos impulsan a desistir en nuestra voluntad y resistirnos al cambio.

Al niño que hay dentro de ti no le gusta cambiar

Un reciente estudio de la Universidad de Scranton (Pensilvania) estimó que sólo el 8% de las personas consiguen cumplir con los retos que se marcaron al principio de año. Mark Goultston, psiquiatra de Universidad de Berkeley, atribuye este fracaso a lo que él llama falta de constancia objetiva, es decir, la incapacidad  de planear y mantenerse fiel a alcanzar un objetivo concreto.

Durante nuestra formación como niños experimentamos algunos impulsos que nos generan inseguridad y falta de autoestima. Si no aprendemos a interiorizar una positivización de esos impulsos, adquirimos una sensación de constante ansiedad e inseguridad ante cualquier objetivo que requiera tiempo y esfuerzo en conseguirse. Por ese motivo, según Goultson, tendemos a buscar estímulos efímeros con los que engañar a nuestra ansiedad y combatir la incertidumbre que nos depara el futuro, lo desconocido.

Otro motivo que nos inhibe a formular buenos propósitos a largo plazo es la falta de convencimiento de que podamos alcanzarlos; si no estamos seguros de que vayamos a cumplirlos, para qué siquiera planteárnoslos. Evitando tenerlos, también evitamos decepcionarnos a nosotros mismos o desilusionar a los que nos rodean.

Cómo cumplir con tu lista de proyectos para 2016

¿Significa esto que debes renunciar a plantearte buenos propósitos para el nuevo año? ¡Ni mucho menos! Basta con que pongas en práctica algunas sencillas pautas que te ayudarán a abordar esos objetivos con mayores garantías de éxito.

Para ello, debes plantearte una serie de preguntas cuyas respuestas te pueden ayudar a combatir eficazmente la falta de constancia y hacer realidad lo que te propongas. Conozcámoslas.

  1. ¿Realmente necesitas y deseas conseguirlo?

El primer paso que nos indican los psicólogos es preguntarnos si realmente tenemos una motivación suficientemente fuerte como para vencer a los frenos con los que seguro nos encontraremos. Una buena forma de evaluar la intensidad de tu motivación es visualizar los beneficios que te reportará cumplir ese objetivo frente a los esfuerzos que conllevará alcanzarlo.

¿Cuánto cambiaría nuestra vida si lo conseguimos? Probablemente podamos sobrevivir este año sin aprender macramé, pero definitivamente dejar de fumar de una vez por todas nos ayudaría a tener una vida más sana y plena. Este ejercicio te permitirá seleccionar qué propósitos te motivan tanto como para merecer la pena luchar por ellos. Pero no olvides que debes jugar limpio y con honestidad; no te dejes llevar por caprichos, probablemente antes que tarde acabarán en el cajón del olvido.

  1. ¿Podrás conseguirlo?

Recuerda que, por definición, todo objetivo debe ser realista y alcanzable. Por muchas ganas que le pongas, con toda seguridad este año tampoco vas a viajar a la Luna ni triunfarás en los próximos Óscar. Y lo sabes. Márcate objetivos que estén realmente a tu alcance. Pero, ojo, eso no significa que deban ser fáciles ni sencillos; si eliges un propósito que no suponga un reto para ti, es difícil que encuentres la motivación necesaria para llevarlo a la práctica.

  1. ¿Cuánto necesitas invertir para alcanzarlo?

Presupuesta cuánto estás dispuesta a invertir para cumplir tus deseos. Y no tiene por qué ser necesariamente dinero; cualquier esfuerzo conlleva un coste, sea en forma de tiempo dedicado, de sacrificios personales o de renunciar a algo que te gusta. Si hemos sido honestos eligiendo los propósitos que más nos motivan, esta inversión nos resultará más que llevadera.

  1. ¿Para cuándo lo vas a hacer?

Ponte fechas de principio y fin. En primer lugar, decide una fecha (real) de inicio de tu propósito. Y te adelanto que mañana no sirve; hoy siempre lleva anexo un mañana. Elige un día concreto, márcalo con rotulador rojo en el calendario, agéndalo en tu libreta y cúmplelo a rajatabla. Y no menos importante, define el plazo exacto en el que esperas alcanzar tu meta.

  1. ¿Cómo esperas conseguirlo?

Ahora que ya sabes cuándo vas a empezar y en cuánto tiempo vas a conseguirlo, establece etapas y objetivos intermedios que te ayudarán a evaluar si estás en el camino adecuado o si te estás desviando o retrasando en tus plazos, para poder corregir el rumbo antes de que sea demasiado tarde.

  1. ¿Quién te acompañará?

Cualquier propósito nos resultará más llevadero si encontramos a alguien que se una a nuestro plan. Busca ayuda. De este modo, al compartir nuestra experiencia con otras personas, encontraremos un cómplice con el que nos vigilemos y alentemos mutuamente. Del mismo modo, debemos plantearnos contar con un asesor profesional (un nutricionista, un personal coach, un médico…) experto en el área correspondiente.

  1. ¿A qué estas esperando?

El camino se demuestra andando; ponte manos a la obra ¡YA! Por muy buenas intenciones que tengas, desde el sofá difícilmente conseguirás hacerlas realidad. Empieza a trabajar de forma activa en el plan que acabas de diseñar. Conforme vayamos poniéndole números, etapas y fechas, empezaremos a tomarnos en serio el reto que nos hemos propuesto y, casi sin darnos cuenta, iremos visualizando los resultados deseados.

Así que, ya sabes, este año va a ser tu año. Si pones en práctica estos consejos, al finalizar 2016 habrás tachado dos o tres de los propósitos para el año nuevo que hoy te marques; habrán dejado de ser sueños para convertirse en realidad.